Silva
Silva
Ahora, Lucas, eres sólo un hijo
y esa condición dura mucho tiempo.
La civilización,
la nuestra, a la que acabas de llegar
por voluntad acorde
de un padre y una madre
que te querían ya
cuando no eras sino dos anhelos
o dos ensoñaciones nebulosas,
la civilización,
la nuestra, te decía,
en que te harás un hombre
(el ser humano es título que luces
desde el primer latido
a despecho de bárbaros),
la civilización,
la nuestra, tan experta,
a lo largo de un tiempo dilatado
busca tu identidad lejos de ti
—desinterés ficticio—
y pregunta: este niño, ¿de quién es?,
y a ti, cuando comprendas: ¿de quién eres?
Pero no te confundas,
Lucas, querido niño,
porque nos quieren confundir los bárbaros:
la civilización,
la nuestra, tan antigua,
sabe con absoluta certidumbre
que eres un ser distinto
de padres y familia
y prójimos presentes,
pasados y futuros
del universo mundo,
única criatura
irrepetible y sola.
La civilización,
la nuestra, a la que acabas de llegar,
inventa convenciones,
a veces paradójicas
pero siempre sutiles y juiciosas,
para darnos lugar
y carácter escénico
—y pueda haber función—
en el teatro grande
donde la vida humana
cobra, en su soledad,
sentido y fortaleza.
Hoy te bautizan, Lucas,
y a ser hijo de Ignacio y Cristinita
—tu radical identidad ahora—,
español de nación
y natural de Londres,
añades otros títulos:
católico, apostólico y romano.
Así, querido Lucas,
te eriges poco a poco en ciudadano:
con el consentimiento
—ahora el de tus padres
y luego sólo el tuyo—
a aceptar los envites intrincados
de la armazón civil,
en que recién llegado
ya lloras y sonríes.
Con todo mi cariño.
San Lorenzo de El Escorial, 16 de enero de 2010
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